5 mujeres y 1 viaje de más de 900 km en bicicleta por Uruguay

Escrito por Thais Viyuela

A fines del siglo XIX, Susan Anthony ya decía que la bicicleta había hecho mucho más por la emancipación femenina que cualquier otra cosa en el mundo. “La mujer está pedaleando hacia el sufragio”, afirmó Elizabeth Saton en relación al derecho al voto. Además de haber insertado a la mujer en el espacio y la vida pública, la bicicleta fue también la responsable del abandono del corsé, prenda que dificultaba la respiración, y del surgimiento de los pantalones bloomer, los cuales sustituirían a las faldas largas.

Después de cientos de años, la bicicleta aún sigue emancipando a las mujeres, tanto en las ciudades como en la carretera. Desafío, autonomía, libertad y una relación muy cercana con el propio cuerpo son algunos de los combustibles que alimentan esta unión. Y yo, recién inserta en el mundo del cicloturismo, me sumo a este coro: deberíamos aventurarnos más a experimentar un viaje en dos ruedas, poniendo a prueba nuestras comodidades y nuestras construcciones sociales.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Éramos 5 mujeres, fueron más de 900 km en 30 días de viaje bordeando la costa uruguaya: Desde la frontera con Brasil en el Chuí hasta Colonia del Sacramento, y de allí en barco a Buenos Aires. Nuestro presupuesto era muy acotado, lo cual dificultaba la posibilidad de pagar hostels o campings. Al final, tanto el trayecto durante el día como la estancia a la noche eran constantes conquistas a ser realizadas.

De todas las involucradas, sólo una había pedaleado en viajes anteriores. A pesar de los consejos, ninguna de nosotras llegó a entrenar, ya sea realizando distancias cortas en la ciudad o haciendo un pequeño viaje de dos o tres días para sentir un anticipo del desafío que se nos aproximaba: fuimos con coraje – o con locura – apostando a que conseguiríamos sobrevivir a los 30 días de aventura. No sólo la mayoría de nosotras nunca había hecho un viaje pedaleando, sino que tampoco sabíamos cómo cambiar una goma pinchada. Nuestro conocimiento sobre el funcionamiento y mantenimiento de una bicicleta era muy básico. Fuimos aprendiendo lo que no sabíamos juntas, en la práctica, acertando y errando.

El desafío comenzó a la hora de preparar el equipaje: mis alforjas – bolsos específicos para bicicleta – tenían unos 25 litros y un tamaño equivalente a las mochilas que usamos diariamente en la ciudad. En ellas había tres conjuntos de ropa para pedalear, uno para el calor, otro para el frío y para dormir, un vestido para salir, tres bombachas, tres pares de medias, dos bikinis, un rompeviento, un libro, una cámara fotográfica, un par de zapatillas y un par de ojotas. Solo eso. El resto eran herramientas y piezas para el mantenimiento de la bicicleta, comida, agua, ollas y elementos de camping que llevábamos atados en el porta equipajes.

Cuando se carga tan poco equipaje, es necesario aceptar las adversidades inherentes a eso: o lavábamos la ropa con frecuencia o encarábamos el día con una camiseta no muy limpia. Nos fuimos acostumbrando a la segunda opción, y en consecuencia también comenzamos a aceptar la ausencia de espejo, maquillaje o perfume. Tuvimos que tolerar la poca frecuencia con que conseguíamos bañarnos, cepillarnos los dientes, lavarnos las manos o quitarnos las marcas de grasa que la cadena de la bicicleta dejaba en nuestras piernas. El protector solar se mezclaba con el polvo de la ruta y llegábamos a cada destino obligadas a enfrentarnos con nuestra propia suciedad y nuestros propios olores dentro de la bolsa de dormir, aceptándolos poco a poco.

No siempre fue fácil vestir la misma ropa que usábamos durante el día para salir por la noche. No siempre fue fácil aceptar la falta de maquillaje o de perfume para sentirnos más ordenadas. No siempre fue fácil sentir cuánto nos destacábamos ante los clientes de un supermercado, quienes nos miraban curiosos. El desafío parecía residir justamente en la repetición de esa incomodidad, la cual poco a poco iba siendo anestesiada por la cantidad de historias que íbamos acumulando con el pasar de los días y por el apoyo de todos los que conversaban con nosotras y se interesaban por nuestro viaje.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Además de las cuestiones con la ropa, el pelo, el vello y la piel, fuimos sintiendo diferencias en la relación con nuestro sistema digestivo: pasamos a comer dos a tres platos de fideos por comida, tres o cuatro litros de agua y tres o cuatro alfajores por día. Los alimentos nos parecían caros. La mayoría del grupo éramos vegetarianas y pocas eran las veces que podíamos pagar por las frutas y verduras que tan acostumbradas estábamos a consumir. La falta de fibras en la alimentación pronto se veía reflejada en la dificultad para ir al baño, lo cual se convirtió en un tema que el grupo entero necesitaba discutir para encontrar una solución. Pasamos a planificar nuestras comidas, teniendo en cuenta el ritmo de digestión de cada una.

Poco a poco el cuerpo fue adaptándose al nuevo consumo y respondiendo rápido al condicionamiento físico al que estaba siendo sometido. Nos quedamos más sensibles a la energía del azúcar del alfajor o a la cafeína de la taza de café, así como también a los efectos del vaso de cerveza que tomábamos al llegar a cada nuevo destino, aún con el estómago vacío y el cuerpo cansado. Por el presupuesto apretado y el hambre abrumadora, siempre intentábamos practicar el freeganismo en los restaurantes: esperábamos que los clientes de alguna mesa se retiren para comer las sobras de su comida. Hemos llegado a asustar a algunos camareros y camareras que no se imaginaban cuán hambrientas estábamos. Lejos de la ciudad y de las ropas ajustadas del día a día, nos dimos la libertad de comer cuando el cuerpo lo pedía y de no sentir culpa de compartir un kilo de helado si teníamos ganas.

Sin embargo, la cuestión más difícil era la relación con nuestro útero. En cuatro semanas de intensa convivencia siempre había alguien con síntomas premenstruales o menstruando. Como organismos cíclicos que somos, necesitábamos observar y respetar los días de mayor energía, los de total desánimo, los de dolor y los de cansancio, tal vez hasta acentuados por la cantidad de hormonas que fluían con el ejercicio físico intenso. Como organismos cíclicos que somos, también necesitábamos entender el ritmo psíquico de cada una, respetando los momentos de euforia, silencio, sensibilidad y reclusión. Era casi una interminable negociación con el constante cambio de nuestros cuerpos. Yo, por ejemplo, tuve que pedalear 250km en mis tres peores días del ciclo, tomando un combo de analgésicos que suelen calmar mi cólico. Fueron 108km / 74km / 66km realizados en tres días consecutivos, luchando contra el malestar generado por el remedio, la baja presión generada por el fuerte impacto del sol y el dolor que insistía en volver a todo momento.

Y como no todo es dolor y cansancio, todos los días presenciábamos momentos de embriaguez de endorfina y serotonina. Ante las situaciones más estresantes y los momentos más peligrosos, solo sabíamos reírnos. Químicamente hablando, el buen humor era inherente a todas las dificultades que se nos presentaban y hacía que cualquier desafío sea más placentero de ser compartido. A cada ciudad nueva que llegábamos, siempre nos sobraba algo de energía para bailar en la playa, salir a una fiesta o seguir ejercitando activamente el cuerpo por unas horas más. Luego de haber pedaleado por horas, íbamos a algunas fiestas con la ropa sucia y transpirada. Si no podíamos exhalar perfume, exhalábamos feromonas y –  tal como la ciencia lo comprueba – nuestros shorts de ciclismo con la almohadilla entre las piernas lograban mucho éxito.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Más allá de todas las cuestiones físicas, la parte psicológica también fue muy importante. Para pasar horas pedaleando silenciosamente es necesario estar a gusto con la compañía de uno mismo y para pasar un mes conviviendo intensamente con las mismas personas es necesario saber compartir esa soledad. Todas teníamos diarios personales y, antes de dormir en la carpa, dedicábamos rutinariamente un tiempo a nuestras experiencias y reflexiones.

De las anotaciones más bonitas que leí, Mayte, quien integró el equipo por 400km (Chuí-Montevideo), escribió:

“Pedaleando me di cuenta que hay infinitas posibilidades dentro de mí, en mi silencio, en mi reflexión, en mi propia compañía interior, que nacemos y morimos solos. Que la relación que cultivamos con nosotros mismos es lo único que se mantiene desde que llegamos a este lado del mundo hasta que acaba nuestro tiempo en él, pero también me di cuenta de las infinitas posibilidades de la compañía. Que nacemos, vivimos y morimos en redes de cuidado, que nacemos, sí, para ser compañeras y compañeros de todos los demás.

Es en esa fuerza individual y colectiva que depositamos nuestras últimas energías, en los momentos más desafiantes: cuando tuvimos que enfrentarnos a los peligros externos y cuando tuvimos que lidiar con – y acá sustituir el “luchar contra” – nuestras propias limitaciones.

Rita, quien sobrevivió a los casi 1000km conmigo hasta el último día en Buenos Aires, tuvo tres días de mucho dolor en la rodilla que la hicieron pedalear mucho más despacio, disminuyendo el ritmo que veníamos teniendo después de veinte días de viaje. Si ella decidió no abandonar en medio del camino fue gracias a nuestra presencia; y si nosotras aprendimos a convivir con un dolor que no nos abatía, fue gracias a ella. Fuimos creando un aprendizaje mutuo.

Olivia, quien completó los 800km hasta Buenos Aires con nosotras, describió en su diario personal lo que tal vez fue el único miedo que sentimos por ser mujeres a lo largo de los 30 días, episodio que muchas de nosotras ya vivimos al acampar sólo con mujeres:

“Fue la primera vez que me quedé con algún tipo de miedo, habíamos colocado las carpas cerca de un puente en un parque. Durante la noche varias personas pasaron por delante de las mismas, algunas percibían que estábamos allí, otras pasaban de largo. Un hombre llegó a apuntarnos con su linterna. Nuestra carpa no tenía puerta, sólo había un mosquitero. Nadie se despertó. Pero yo sí, estaba atenta a cada persona que pasaba. “¡Mira, carpas!”, escuché. Tomé mi navaja. Pensé en lo peor. Si alguien se acercaba demasiado estaba lista para defendernos. Comencé a sudar frío por el cuerpo. Después, percibí que nadie nos haría mal. Me tranquilicé y conseguí dormir”.

Andrea, ya acostumbrada a hacer viajes largos por el litoral brasileño, afirmó que la bicicleta es adictiva:

“La experiencia de poder sentir que sólo con el esfuerzo de nuestro cuerpo logramos recorrer largas distancias es transformador. Acaba convirtiéndose en un vicio y casi una necesidad, pues cuando se está sobre dos ruedas, el mundo te ve con otros ojos y tú logras ¡realmente ver el mundo!”

En mi diario, describí lo que fue mí día más desafiante. Hasta el día hoy me sorprende recordar cuán fuerte se puede ser ante ciertas ocasiones:

“Eran sólo 66km a hacer en tres horas. Gracias a la lluvia y a todas las dificultades del camino, terminaron siendo ocho en total. En las primeras horas batimos nuestras mejores velocidades en todo el viaje. Fuimos bajando la velocidad al sentir el peligro causado por la falta de adherencia entre el neumático y la pista. Pasamos por puentes y carreteras donde quedábamos en puntos ciegos o muy próximas a los autos que iban a alta velocidad. Las horas fueron pasando, el hambre aumentaba, la temperatura corporal bajaba y nosotras luchábamos contra la tempestad del viento que había llegado justo ese día a Montevideo, nuestro destino para pasar la noche. Cuando faltaban 20km para llegar a la casa en donde nos hospedaríamos, el escenario se puso aún más estresante: se pincharon dos gomas, la fuerza del viento tiraba nuestras bicicletas hacia los costados mientras pedaleábamos, una de las alforjas se comenzó a romper, no teníamos internet ni tampoco batería e incluso después de llegar al centro urbano de Montevideo, la ciudad parecía fantasmagórica. Era un domingo tempestuoso y no había ningún establecimiento comercial en kilómetros. Finalmente llegamos a una estación de servicio, decidimos tomar un café para aumentar la temperatura corporal y comimos un alfajor para tener más energía en los kilómetros finales. Fue ahí cuando, en medio de un ataque de risa generalizado que hizo la situación mucho más leve y menos estresante, volví a sentir mi cólico. Mi útero me debía estar doliendo hacía horas y mi cuerpo, bajo el efecto combinado de dos analgésicos, respondió aún así a uno de los desafíos más desgastantes de mi vida.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

La frecuente falta de rutas específicas para bicicletas en Google Maps hizo que nos metiéramos por vías expresas en momentos del día con mucho tráfico, amplias bifurcaciones, túneles infinitos, puentes y accesos pensados ​​para coches a 100 km/h. Como ciclistas de São Paulo que somos, estamos acostumbradas a asociar ciertas avenidas con el peligro inminente de muerte. Estamos programadas para sentir más miedo en algunos sitios de la ciudad que en otros y evitamos ciertos lugares en ciertos horarios. Arriba de la bicicleta y dependiendo sólo de Google Maps para autos, enfrentamos la peligrosa periferia de la terminal de colectivos de Porto Alegre a las once de la noche, enfrentamos un túnel interminable en Florianópolis, enfrentamos vías expresas y puentes en curva alrededor de Montevideo bajo la fuerte lluvia, enfrentamos los alrededores del estadio de Boca Juniors el sábado que el equipo jugaba, enfrentamos carriles exclusivos de colectivos en calles caóticas, enfrentamos el área portuaria de Buenos Aires y tantas otras avenidas y regiones ingratas al ciclista (y a la mujer) por el camino.

La ventaja y desventaja de no conocer el trayecto es que, a priori, estábamos mucho menos condicionadas a esos miedos, lo cual nos hacía ocupar la calle de igual a igual con los coches, autobuses, camiones. Sin tiempo para comunicar el miedo unas a otras, nos poníamos nuestras armaduras y actuábamos de manera mucho más ofensiva en el tránsito. En esos momentos usábamos la táctica “si tenés miedo, andá con miedo” y sólo comentábamos lo que habíamos sentido después de haber pasado el peligro.

Esta auto-imposición frente a los coches motorizados tiene un importante efecto para las mujeres. Históricamente el espacio público y la movilidad nos fueron negadas, haciéndonos aprender que ni la calzada – a menudo mal dimensionada y mal cuidada – y ni el asfalto eran espacios amigables para nosotras. El acto de ocupar una parte del tránsito sobre dos ruedas, el acto de acelerar tanto como el coche de al lado, el acto de meterse por entre dos colectivos o de pararse de igual a igual con todos los motociclistas hombres en el semáforo tiene un efecto empoderador inmensurable.

Pasamos a sentir más posesión sobre nuestro propio cuerpo y a ser aún más dueñas del propio destino. Pasamos a confiar más en nuestra fuerza para defendernos en momentos de peligro. Ganamos destreza y agilidad en el tránsito de las ciudades que visitamos, virtudes que difícilmente hubiéramos desarrollado en las calles de São Paulo, donde crecimos oyendo consejos acerca de cómo comportarnos.

Al final del viaje nos sentíamos vivas y con un cuerpo fuerte y sano. Cuando nos faltó una casa o un destino adecuado para dormir, percibimos que nuestro verdadero hogar era nuestro cuerpo, y en él debemos sentirnos seguras y acogidas. La bicicleta funciona como una herramienta para catalizar el proceso de autoaceptación: vamos poco a poco percibiendo que los pelos que crecen día tras día tienen la misma vida que los músculos que nos impulsan kilómetro tras kilómetro. El pelo sudoroso y los olores que exhalamos cuentan más sobre nuestro exceso de energía y salud que sobre nuestra suciedad corporal. A lo largo del viaje fuimos nutriéndonos de todo aquello que negábamos de nosotras mismas y lentamente aceptándolo. Es una sensación única hacer renacer un poco nuestra naturaleza salvaje de ser mujer.

Que cada vez más mujeres se aventuren como ciclistas dentro y fuera de las ciudades, volviéndose más habitantes de su propio cuerpo y dueñas de su próximo destino.

A continuación, para quien esté interesado o interesada, dejo un guión resumido del viaje con los kilómetros y paradas realizadas:

6/01 – Chuí a Fuerte de Santa Teresa (35km) – dormimos en camping

07/01 – Fuerte de Santa Teresa – dormimos en camping

08/01 – Fuerte de Santa Teresa a Valizas (65km) – dormimos en la casa de un amigo nuevo.

09/01 – Valizas a Cabo Polonio (12km) – dormimos en la playa, sin carpas.

10/01 – Cabo Polonio a San Antonio (38km) – dormimos en la cabaña de una amiga

11/01 – San Antonio a Rocha (42km) – dormimos en la orilla del río de la ciudad

12/01 – Rocha a Punta Ballena (108km) – dormimos en camping

13/01 – Punta Ballena a Guazuvirá (74km) – dormimos en el terreno-bosque de unos amigos

14/01 – Guazuvirá a Montevideo (66km) – dormimos en la casa de una amiga

15 a 17/01 – Montevideo (50km recorrido en la ciudad) – dormimos en la casa de una amiga

18/01 – Montevideo a Ciudad del Plata (49km) – dormimos en un bar abandonado

19/01 – Ciudad del Plata a Eclida Paullier (77km) – dormimos en el zoológico y nos bañamos en la comisaría de la ciudad.

20/01 – Eclida Paullier a Balneario Artilleros (70km) – dormimos en la confluencia de dos ríos

21/01 – Balneario Artilleros a Colonia del Sacramento (33km) – dormimos en un hostel

22/01 – Colonia del Sacramento a Buenos Aires en barco – dormimos en un hostel, la opción más barata de la ciudad

23/01 – Buenos Aires hasta acabarse la plata (más de 100km)

 

Fotos: Thais Viyuela y Andrea Muner

 

Gueya logo 1024px

Güeya, Mochilas para aventuras

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s